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Una Revolución Desde la Ternura

“La letra con sangre entra” fue la frase preferida de mis tías abuelas cuando se discutía algún tema relacionado a la educación durante los almuerzos familiares. Matriarcas míticas, tres hermanas viudas que sacaron adelante a una copiosa familia, evocaban casi con devoción los tiempos del castigo físico y la obediencia ciega.

Escrito por: Icla de Fátima, Coordinadora de Experiencias (COE), Enseña por Bolivia

La generación de mi mamá fue algo más crítica, puso palabras al dolor y rechazó las prácticas violentas en el aula, visibilizando el abuso impune. Sin embargo, conozco a pocos coetáneos que no hayan experimentado en carne propia los efectos “disciplinadores” del dichoso quimsacharani al interior de su hogar.

La impronta escolástica de la educación colonial se ha filtrado a lo largo de cientos de años, reproduciendo la tara conceptual que asocia indisolublemente dolor, disciplina y superación. A pesar de las múltiples reformas educativas en nuestra historia, este imaginario ha sido casi imposible de erradicar. ¿Será que es nuestra cultura y nos tenemos que aguantar? La verdad es que no, pero ¿cómo cambiamos esta mentalidad?

Nuestra apuesta es una revolución pequeñita, una revolución desde las aulas y desde el proceso mismo de la educación y sus actores: una pedagogía de la ternura.

Basada en la pedagogía de la liberación de Freire, esta pedagogía -o enfoque educativo- se opone a la tan ya mencionada pedagogía de la violencia y propone que en vez de aceptar incuestionablemente que quien te lastima para enseñarte algo lo hace por tu bien, quien te quiere te quiere bien. La premisa principal de este enfoque es que educar es un acto de amor mutuo, y el amor genera respeto, confianza y seguridad.

La pedagogía de la ternura supone un encariñamiento especial con lo que hacemos y con quien somos, es un deseo sincero de crecer y mejorar. Este deseo implica exigencia, compromiso, responsabilidad, rigor, cumplimiento, trabajo sistemático, dedicación y esfuerzo, crítica permanente y constructiva. No promueve el dejar hacer o deja pasar, ni negar el dolor, el desorden o la indisciplina; sino más bien requiere el planteamiento de normas consensuadas en comunidad, acuerdos que partan de las convicciones y sentimientos de sus miembros y que suponen cultivar la motivación y compromiso necesarios para que se cumplan.

Nuestra propuesta es sencilla, pero tiene un gran potencial transformador porque no se centra sólo en la transmisión de conocimientos sino en el desarrollo integral del estudiante: le invita a reconocerse, amarse y proyectarse como un ser pleno de dignidad.